sábado, 22 de enero de 2011

Relatos de una historia de amor

La lluvia, ese chapoteo incansable del cielo hacía la tierra. Esa lluvia divina que deja todo con olor a húmedo, que ilumina las plantas y riega las flores más hermosas, como tú. Esas frías gotas de H2O que acariciaban tu cara aquella mañana, te hacía parecer un ser bajado del cielo. Te tapé con mi chaqueta y fuimos a un portal, alejándonos de la gente, de la civilización, entrando en nuestro perfecto mundo en el que solo estábamos tú y yo. Me acuerdo que la noche anterior me dijiste que a lo mejor no venias, pero aquí estabas, el tren acababa de llegar y todo era frió por culpa del agua. Nada más salir nos habíamos empapado y ahora estábamos refugiadas en aquel portal de la capital de España.

Todo era perfecto, cuando creí que no llegarías apareciste y me dedicaste una sonrisa, una caricia y un beso, llenándome de ilusión y de gran felicidad. Cada segundo que paso contigo me siento como una niña pequeña, y ese día no era diferente. Te abracé con fuerza, dándote mi calor para que no te congelases, era un invierno muy frio.


-¿Qué tal el viaje?-Me atreví a preguntar.

-Bien, no ha sido cansado, el nuevo AVE es muy rápido, menos mal que había billetes a última hora, te echaba de menos.


Me beso con dulzura, haciendo que mi corazón se volcase en aquel beso con todo su amor. Me separé con dulzura y mire aquellos ojos marrones que tanto me gustaban.


-¿Cogemos el bus?

-Vale.


Nos levantamos y nos dirigimos en metro a la Moncloa, para coger el autobús hacia Navacerrada. En el autobús no pude evitar dormirme apoyada en ella, soñando con estar siempre a su lado. Cuando llegamos nos dirigimos a un pequeño parque, donde nadie nos viese. Acaricié su mejilla y sonreí, era tan perfecta.


-Te quiero mucho-Sonreí

-Y yo a ti pequeña


La besé con dulzura, notando como su corazón aumentaba la velocidad de sus pulsaciones, que ya eran rápidas de por si. Cogí lentamente su mano, acariciándola y volví a mirarla. Mi sonrisa se tornó triste al pasarse por mi mente una pregunta.


-¿Cuándo te vas?


Su sonrisa también se entristeció y me lamente. Note como una lagrima caía por su mejilla y me mordí el labio.


-Mañana…-Susurró.


La abracé y suspire, era tan duro verla tan poco tiempo. Acaricié suavemente su pelo rizado, y aspire los aromas tan dulces que desprendía.


-¿Volverás verdad?

-Claro, no lo dudes.

Sonreí a duras penas y saque de mi mochila una pequeña caja.

-Es para ti.


Ella sonrió y abrió el regalo. Cogí el collar que había dentro y lo coloqué alrededor de su cuello, le quedaba genial, como todo. Se puso roja y beso mi mejilla, haciéndome estremecer, cada segundo con ella era genial.


-Gracias, mi vida.

-No hay porque darlas, te queda genial.


Se volvió a sonrojar y la bese la mejilla, estaba tan fría, suave y blandita. Me levanté y la hice levantarse a ella también, le agarré de la cintura y la besé con pasión. No se cuanto tiempo paso, pero se que fue bastante. Me separé lentamente de sus dulces labio y sonreí esta vez de verdad.


-¿Tienes hambre? Te invito a comer.


La llevé a la plaza del pueblo donde nos recogió un amigo. Nos llevo a Los molinos y subimos andando hasta unas piedras altas que había en el campo, donde nos esperaban todos mis amigos, que también le caían bien a ella. No comprendió nada hasta que vio a Ana vestida como una sacerdotisa Celta, entonces me abrazó con fuerza, comprendiendo un poco. Me giré hacia ella y sonreí. Hinqué la rodilla en la tierra y abrí una caja con un anillo.


-Mi amor, aunque no cuente legalmente esto…-Me sonrojé-¿Te quieres casar conmigo?


Ella asintió con la cabeza, me hizo levantarme y me besó, era algo tan especial. No se porque, pero el lugar que habíamos escogido era distinto al resto, era especial, tenía algo en el ambiente. Ana lo preparó todo y cuando estuvimos preparados hizo un círculo alrededor de todos con pétalos de flores y velas. Se coloco delante de nosotros y comenzó a recitar las oraciones. Al cabo de una hora terminamos y todos bajamos al pueblo, a un restaurante a comer. Era uno de los días más felices, para mi esto si contaba en mi vida, estaría con ella siempre. Cuando acabamos de comer la llevé de nuevo a aquel lugar y la sonreí.


-¿Me prometes una cosa?-Ella asintió-Prométeme que, pase el tiempo que pase tu siempre estarás conmigo, aunque sea como amiga. Prométeme que jamás me olvidaras ni abandonaras, eres muy especial para mí, por favor.


Me abrazó con fuerza, mi hombro se empapó con sus lágrimas y volví a maldecir lo que había dicho. ¿Cómo podía dudar de ella?


-Jamás dejare de quererte…-Me susurró al oído entre lágrimas.

Otro día mas ese juramento y aquellas palabras quedaron ocultas en el viento, grabadas en el firmamento y en nuestros corazones que latían al mismo tiempo, que latían por amor.

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