sábado, 22 de enero de 2011

Relatos de una historia de amor

Agarré por la cintura a aquel precioso ser de pelo rizado. Olía tan bien aquella dulce mañana de primavera que creí estar soñando con un ángel. Sus ojos marrones se clavaron en los míos, haciéndome sonreír de una forma estúpida. Estaba enamorada de ella. Ya no se podía dar marcha atrás a lo que había empezado, y ahora ya llevaba seis meses con ella. Era tan especial para mí. Maldecía cada segundo por tener que esconderme en aquel pequeño pueblo, que era mi hogar, para poder besarla. Maldecía cada instante que ella viviese tan lejos que, cada vez que ella no estaba pensaba que mi corazón iba a pararse de un momento a otro, pero era peor cuando ella estaba. Mi corazón latía lento y rápido a la vez, a mil por hora pero con pausas que duraban segundos que parecían años. Mis labios formaban una sonrisa absurda cada vez que ella me hablaba o simplemente me miraba. Si ella sonreía yo también lo hacía. Parecía absurdo e irreal, pero era tan verdadero como la vida misma. Nada en este mundo me iba a impedir estar junto a ella el resto de mi vida. Ni mis padres, que probablemente se opondrían a nuestra relación ni ninguno de los cotillas homófobos del pueblo. Nadie jamás me haría sentir como ella lo hacía, cada segundo con ella era vivir en el cielo.
Bese sus labios, tan dulces como el azúcar puro, que me hacían sentir tan llena de vida cada vez que los rozaba. Ella sonrió y empezó la cadena de felicidad. Me abrazó con fuerza y acarició suavemente la espalda, haciéndome entrar en un trance de seguridad extrema.


-Te amo-Susurró a mi oído.

-Y yo a ti pequeña.


La llamaba pequeña pero en realidad me superaba en cuatro años, pero al ser más bajita para mí era como mi niña. Cada minuto de mi mísera existencia en este mundo era para verla sonreír a ella, y cada vez que sus ojos desprendían lágrimas mi corazón se paraba y lloraba. Sabía que lo nuestro era difícil, por la distancia de cuatrocientos sesenta kilómetros que nos separaba y por el hecho de ser dos chicas, pero jamás imagine que fuese tan difícil de plantearme las palabras que unos segundos después de este pensamiento solté.


-Quiero irme contigo…


Ella me miró y suspiró, sabiendo el sufrimiento que sentía mi corazón al mostrar esas tres palabras y al recordar que solo estábamos juntas durante un fin de semana.


-Lo se, pero no puedes… tienes que terminar el instituto, hacer bachiller y la universidad, después prometo que nos iremos a vivir juntas ¿Vale?

-Vale…-Susurré casi sin voz.


Las lágrimas no dejaron de caer desde mis ojos ni un segundo, mientras ella me abrazaba con esa dulzura que la caracterizaba. Su voz era tan bella, sus palabras tan sinceras… su mirada tan tranquila. ¿Cómo expresar en frases lo que mi corazón sentía? ¿Cómo hacerla saber todo lo que pasaba por mi mente y alma cada vez que estaba con ella? Estaba segura de que ella sentía lo mismo, pero necesitaba explicárselo. Un te quiero se quedaba corto, y un te amo aún mas, mi corazón sentía mas que eso, asique solté lo que pensé que estaba bien.


-Soy tuya, mi corazón te pertenece.

Ella sonrió de nuevo.

-Y yo tuya, ya lo sabes.


Para muchos esas palabras significaban esclavitud pues una persona es solo de si misma. Pero yo sabía que mis palabras no expresaban otra cosa que sinceridad, confianza y amor. Cada instante con ella era tan feliz, sin ella también lo era, pero había dolor. Cuando estábamos lejos nuestras palabras quedaban grabadas en una conversación de internet mientras que, cuando estábamos juntas, el momento tan especial y la dulzura de las palabras con las que hablábamos eran presa del viento y del tiempo, que decidiría si se cumplirían o no. Yo tenía claro que mi destino era estar junto a ella, y ella sabía que el suyo era estar junto a mi pero en esta vida hay cosas que también cuentan en una relación, y no solo las dos personas que se aman. Suspiré y la besé con dulzura. Me encantaban esos labios. –No hay droga mas dura que el amor verdadero y correspondido-Pensó mi mente. Y yo sonreí afirmando ese pensamiento. Agarré suavemente su mano, soltando su cintura.


-Es la hora de comer, mejor que volvamos.


Salimos de nuestro pequeño escondite en un parque abandonado, entre arboles con hojas que observaban con serenidad el amor entre nosotras dos. Otra vez el viento escondió nuestro amor y las palabras que segundos, minutos y horas antes se habían dicho en aquel bello lugar.

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