Sus ojos seguían ahí, abiertos, observando el techo de su habitación, pero les faltaba algo, algo que antes había brillado en ellos, junto a su dulce sonrisa, a sus inteligentes palabras, al amor puro que desprendía su corazón: la chispa de la vida. Estaba inerte, no parpadeaba, porque los muertos no lo hacen. Su sonrisa había desaparecido, y sus labios estaban quietos, serios, en una expresión de tranquilidad y paz que todo el que la hubiese conocido sabía que no era posible, pues ella nunca estaba tranquila, tenía una mente abierta, curiosa, que devoraba lo que oía y leía. Sus brazos estaban quietos, y a su lado, aun agarrada a su cuerpo con la correa, su guitarra. Las cuerdas estaban quietas, demasiado quietas para estar tan cerca de su cuerpo, antiguamente, a esa distancia, habían rebosado música, mientras sus dedos ágiles se movían entre los trastes y la púa raspeaba, arrancándole aquellas melodiosas y energéticas notas, pues era una artista, pero esa guitarra ya no iba a volver a sonar.
Había llegado a aquella situación por el trato que le daba la sociedad, no encajaba del todo ni entre sus mejores amigos, siempre sentía que había algo que fallaba, algo que faltaba y no aparecía, y por eso decidió acabar con todo. Nadie lloró, seguramente, al menos eso es lo que ella pensaba, pero no puede saberlo, lo que si sabía es que nadie podía sufrir las torturas y sufrimientos que había vivido ella a lo largo de su vida, al menos que ella supiese, porque nadie que conocía daba tanto, y recibía insultos, amenazas, golpes y maltratos. Nadie había aguantado tanto tiempo con su bondad y su amor, al menos ella no era consciente de que tal vez sí había alguien más que era así, el caso es que todo aquello, y mucho más que nadie jamás entenderá, le llevó aquello; aunque, tal vez, el verdadero motivo fue que sintió a su alma morir, que perdió las ganas, la necesidad y la motivación, que estaba cansada de sonreír y recibir miradas agresivas. Marcó su final, con pastillas, sin dolor, sin mirar atrás, sin pensar que tal vez esa no era la solución, porque todos la habían hartado, y nadie se había dado cuenta.
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